Commonplace they might be, but the accumulation of these memories has led to one result: me.

“No ser borrego”

El que se esfuerza y trabaja duro por “no ser borrego”, por la pura satisfacción de no serlo, olvida que los borregos, en manada, se acompañan, y que juntos son una fuerza productiva. El que no es borrego en un mundo de borregos, ¿qué es? ¿Pastor? ¿Lobo? Tal vez eso anhele, seguramente a ello aspira.

Más me lo imagino como una cabrita enloquecida y frenética, orgullosa de su supuesta independencia. Esas cabritas mueren solas, y sus muertes pasan inadvertidas. Y nadie las venga. Y nadie las redime después. Pobres cabras tontitas, que hallan satisfacción en el menosprecio y depositan, en él, el sentido de sus insignificantes vidas.

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Vamos a ver cómo es

el reino del revés.

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"Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla."

▲▲▲ Primo Levi, en la Tregua.

Personajes del parque Las Américas

El mudancero que le cortó las mangas a su playera y ahora se adentra por entre los arbustos hasta un montículo de hierbas y ahí, medio oculto, se lava las axilas con el agua que guarda en una botella de cocacola.

El señor súper abrigado, con pants holgado y varias capas de playeras, sudadera y cachucha, que juguetea con dos perros pequeñitos, a los que les da pases con una pelota azul, y les hace cuchi si lo hacen bien, y los defiende cuando el rottweiler de un emo flaco intenta integrarse al partido.

La viejecita que se acomoda donde pega el sol, y de una bolsa de plástico saca una bola de estambre, y la teje, y sube sus pies a la banca, y estira sus piernas, y los rayos del sol le calientan la piel porque la alcanzan fácilmente a través de sus zapatitos de tela. Son de esos que parecen los hijos de unos mocasines y un par de pantuflas.

"Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios."

▲▲▲ Cien años de soledad.